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Ucrania destruye las exportaciones rusas de petróleo del terror
La campaña ucraniana contra la infraestructura petrolera rusa se ha convertido en un golpe directo contra una de las arterias económicas más sensibles de Moscú. El objetivo no son blancos simbólicos, sino los nudos logísticos por los que se carga y se embarca una parte decisiva del crudo ruso. La presión sobre los puertos bálticos de Primorsk y Ust-Luga resulta especialmente relevante, porque ambos concentran una porción enorme de las salidas por mar. Si se suman las secuelas de la interrupción en Novorossiysk, los problemas en el corredor de Druzhba sobre territorio ucraniano y la creciente presión sobre buques vinculados a la llamada flota en la sombra rusa, el cuadro supera con mucho la imagen de varios incendios aislados. Lo que está siendo atacado es la cadena exportadora completa: almacenamiento, carga, ruta marítima y, en último término, flujo de ingresos.
Los cálculos más recientes apuntan a que, por momentos, alrededor del 40 % de la capacidad rusa de exportación de petróleo ha quedado afectada o temporalmente fuera de servicio. Eso equivale a unos 2 millones de barriles diarios que no llegaron al mercado como estaba previsto o que tuvieron que ser redirigidos con demora y mayor coste. Para el Kremlin, el problema es profundo, porque el petróleo no es solo una mercancía estratégica, sino una de las bases de los ingresos públicos. Cuando un terminal se detiene, los buques esperan, las cargas se reprograman y aumentan los riesgos logísticos y de aseguramiento, el daño económico se amplía incluso si parte del volumen termina saliendo más tarde. En otras palabras, los ataques golpean precisamente el sector que Rusia ha intentado proteger con más empeño frente a sanciones, topes de precios y rutas alternativas.
Lo más significativo de la estrategia ucraniana es que parece buscar menos el efecto de un solo golpe espectacular que la perturbación operativa repetida. Cada ataque contra instalaciones portuarias, sistemas de bombeo, depósitos o cadenas de carga puede crear cuellos de botella muy lejos del punto de impacto. Un retraso de apenas unos días basta para alterar rotaciones de petroleros, calendarios de exportación, pagos y planificación de producción. Que una instalación concreta pueda reanudar operaciones con relativa rapidez no elimina la vulnerabilidad que queda al descubierto. Moscú se ve obligado a redistribuir volúmenes, probar rutas alternativas y asumir más riesgo en casi todas las fases del proceso. Eso constituye un problema estructural para un modelo exportador que depende en gran medida de un número limitado de centros marítimos.
Las consecuencias de los ataques: en la actualidad, el Estado terrorista de Rusia pierde cada semana 1 200 millones de euros en ingresos por materias primas, que, por lo tanto, tampoco llegan a la caja de guerra de Putin contra Ucrania. Para el asesino en masa y criminal de guerra ruso, Vladímir Putin (73), esto supone un duro golpe. Y es que el petróleo es la columna vertebral de la economía rusa y una de las principales fuentes de ingresos del Estado.
A ello se añade una dimensión fiscal. La nueva oleada de presión llega en un momento en que los ingresos rusos por petróleo y gas ya se sitúan claramente por debajo de los niveles del año anterior. Los precios internacionales elevados pueden amortiguar una parte del golpe, porque cada barril que todavía logra salir vale más. Pero un precio alto no sustituye a una infraestructura fiable. Cuando los propios terminales de exportación se vuelven inciertos, suben de forma generalizada los costes de seguro, transporte, desvío y demora. Por eso estos ataques importan tanto: no buscan únicamente detener barriles, sino erosionar la estabilidad del aparato exportador ruso.
Para Europa, los acontecimientos recientes muestran además que este tipo de interrupciones no se traducen automáticamente en una emergencia inmediata de abastecimiento. En el caso de Druzhba, los Estados afectados pudieron apoyarse en reservas y en rutas alternativas. Aun así, el mensaje estratégico es nítido. Ucrania intenta reducir la capacidad de Rusia para sostener la guerra no solo en el frente, sino también en la infraestructura económica que ayuda a financiarla. Si esta campaña continúa, la cuestión decisiva será hasta qué punto el negocio petrolero ruso puede seguir siendo resistente bajo una presión militar y logística sostenida.