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La meticulosa tarea de repartir el pan en una ciudad del este de Ucrania
Con tres grandes bolsas bajo el manillar de su motocicleta, Oleksandre avanza por las calles de Siversk para distribuir pan a los habitantes de esta ciudad del este de Ucrania.
La línea del frente está a menos de diez kilómetros. Casi todos los días, Siversk es blanco de ataques del ejército ruso, en particular contra posiciones de la artillería ucraniana situadas dentro y alrededor de esta localidad.
Oleksandre recupera las bolsas en un centro de ayuda humanitaria del ayuntamiento, y las llena con 30 bollos de pan cada una.
Dos veces por semana se reparten unas 2.500 hogazas desde las ciudades de Kramatorsk y Kostiantynivka.
Oleksandre sale del local municipal y conduce a toda velocidad hasta su barrio, bajo un sol rutilante después de varios días de lluvia.
"Hay que ir rápido para que nada te alcance", explica sonriendo el hombre de 44 años, aludiendo al riesgo de que un proyectil se estrelle contra él.
Distribuye los panes a los habitantes de su calle, a lo largo de un camino de tierra salpicado de baches, rodeado de pequeñas casas y árboles en flor.
Este antiguo soldador, vestido con un uniforme de trabajo azul, explica que comenzó esta acción de solidaridad un día cuando "reparaba el techo de un vecino que había resultado dañado y me pidieron que trajera pan".
Oleksandre empieza su gira en casa de su vecina de enfrente. Olena Ichakova, de 62 años, sale vestida con una larga bata azul y bolsillos de color amarillo brillante.
"El martes son dos panes blancos (por persona) y el jueves es un pan dulce y uno negro", comenta la sexagenaria, tomando cuatro hogazas envueltas en bolsas de plástico con las siglas "WFP" (Programa Mundial de Alimentos, en inglés).
Su hija y su nieta fueron evacuadas en febrero pasado al oeste de Ucrania, pero ella permaneció en Siversk con su marido.
"El 5 de mayo se cumplirá un año desde que nos quedamos sin electricidad", cuenta, mientras que un disparo de artillería ucraniana resuena cerca.
"Ni siquiera sabemos quién dispara, ni dónde. Solo oímos explosiones. Cuando disparan y estoy sentada en la casa el cristal tiembla, es aterrador. ¿Cuándo terminará?", se pregunta.
- Los vecinos tienen miedo -
En julio y agosto pasados, Siversk (12.000 habitantes antes de la guerra) fue blanco de importantes bombardeos de las fuerzas rusas, que también intentaron ataques infructuosos sobre la ciudad.
Su parte oriental, un conjunto de edificios altos, quedó particularmente destruida. La occidental, con sus pequeñas casas, se vio menos afectada. Alrededor de 1.500 habitantes siguen presentes, según las autoridades.
Oleksandre, el repartidor, se cruza con Valentina Zaruba, de 73 años, encargada de la distribución en una calle cercana. Este invierno, la mujer hizo su gira con una carretilla. Ahora, en primavera, la realiza en bicicleta.
El hombre de la motocicleta le da una veintena de hogazas de pan que ella pone en una cesta en la parte delantera del manillar y en una caja de madera fijada al portaequipajes.
La repartidora se dirige a la casa de Liubov Shcherbak, de 76 años, que la acoge rodeada de quince gallinas y cuatro gallos.
"¿Cómo podemos vivir sin pan? No tenemos donde fabricarlo" en Siversk, detalla esta mujer al recuperar su entrega.
A su lado, Valentina Zaruba destaca que no puede "dejar sola a una persona mayor. Mi conciencia no me permite dejarla sola".
Según ella, "todos los vecinos tienen miedo. Rezamos a Dios para que la guerra termine lo antes posible, para seguir con vida y para que nuestras casas no sean destruidas".
"Me encantaría que esto terminara hoy. Es horrible. Ayer, un gran proyectil cayó al final de la calle. Tres casas quedaron totalmente destruidas y una mujer de 82 años resultó herida", lamenta.
H.Romero--AT