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Los últimos cazadores-recolectores de Tailandia reclaman derecho a la tierra
En lo profundo de un bosque de Tailandia, un joven corre entre la maleza, cerbatana en mano, antes de disparar un dardo venenoso a un mono.
El grupo que lo acompaña se acerca entre gritos y el animal cae al piso.
Esta cacería es parte de una tradición centenaria para los maniq, una de las minorías étnicas más pequeñas de Tailandia y los últimos cazadores-recolectores del país.
Pero los atractivos de un hogar fuera del bosque, como tener educación y salud, hacen que su modo de vida esté cambiando.
Los maniq ahora exigen derechos de propiedad sobre las tierras que aseguran han sido suyas durante generaciones, pero que están protegidas por ley.
Dan Rakpabon, de 18 años, carga el animal de vuelta al thap, siete cabañas de bambú con tejados de hojas en Pa Bon.
Chamusca el animal sobre el fuego para quemar el pelaje, lo desolla cuidadosamente y divide la carne entre la comunidad.
"Soy feliz cuando salimos a cazar. Este es nuestro alimento", expresó.
Pero la vida silvestre está protegida en las zonas de conservación de Tailandia, por lo que la caza es ilegal.
Es una situación que enfrentan muchos pueblos indígenas en el mundo -presionados a abandonar sus estilos de vida tradicionales-, que luchan por los derechos a la tierra que habitan.
En muchos casos, son víctimas de los esfuerzos de conservación ambiental, pese a los estudios que demuestran que el uso de baja intensidad que hacen del bosque más bien protege la biodiversidad.
Algunas autoridades lo reconocen.
"No nos preocupa el modo de vida tradicional de los maniq", expresó Chutiphong Phonwat, jefe del Santuario de Vida Silvestre Khao Banthat.
"No destruyen el bosque".
- "Puedo escribir mi nombre" -
Los maniq han vivido siglos como cazadores-recolectores, recorriendo los bosques de la península malaya en busca de alimento.
Solo quedan 415 maniq, según la Fundación de Pueblos Indígenas para la Educación y el Medioambiente, dispersos en las montañas Banthat del sur de Tailandia.
La mayoría abandonó la vida nómada de sus ancestros y se asentó en las afueras del bosque, atraídos por el acceso a la salud y la educación, como en Pa Bon, en la provincia de Phattalung.
Pero vivir en el mundo moderno requiere dinero, así que los hombres trabajan en las plantaciones de caucho por 3 a 8 dólares diarios, mientras las mujeres venden hojas de pandano.
Algunos tienen teléfonos inteligentes y los niños de la comunidad viven en una aldea a 10 kilómetros de distancia cuando hay escuela.
"Un día mi hijo me dijo 'puedo escribir mi nombre'. Sentí orgullo al escuchar eso", contó Jeab Rakpabon, quien se gana la vida tejiendo.
La caza es una actividad ocasional, ya no una fuente de sustento.
"Crecí siguiendo a mi padre en el bosque para cazar y recolectar", relató Tom Rakpabon, líder de la comunidad de 40 personas.
"Ahora tenemos que comprar arroz, carne y verdura en el mercado", agregó.
Atrapados entre sus tradiciones antiguas y vidas modernas, los maniq quieren derechos de propiedad sobre los bosques protegidos para tener vidas estables.
"Queremos casas adecuadas, tierras para cultivar nuestros vegetales", sostuvo Jeab.
- Ocupantes temporales -
Pero el bosque es una zona de conservación donde la ley tailandesa prohíbe la propiedad privada y limita estrictamente su uso.
La ley establece que las comunidades indígenas radicadas en tierras protegidas pueden solicitar permisos de uso por 20 años.
Pero esa disposición ha sido criticada porque convierte a los indígenas en ocupantes temporales de sus propias tierras ancestrales.
Una comunidad maniq con más de 30 años en Plai Khlong Tong, provincia de Trang, tiene plantaciones de caucho y casas de madera y concreto en medio del bosque.
Pero no es fácil.
"Es frustrante vivir así", lamentó Thawatchai Paksi. "Necesitamos permiso para casi todo, incluso cortar un árbol para construir una casa".
"Vivir sin título de propiedad deja a la comunidad en una situación precaria", sostuvo el líder comunitario Sakda Paksi.
- Pedir en la calle –
Para algunos maniq en la provincia sureña de Satun, esa situación ha significado tener que pedir limosna porque no encuentran empleo.
"Si nadie nos da comida, es difícil", reconoció la líder comunitaria Jin Sri Thung Wa.
El grupo viaja varios kilómetros desde su bosque para pedir en la calle.
"No queda nada en el bosque y no hay trabajos que podamos hacer", dijo.
"Los maniq no son salvajes", expresó Tao Khai, dirigente de otra comunidad. "Somos gente que vive en el bosque".
Duan Srimanang, de 13 años, acude a una escuela cercana al bosque donde vive su familia, pero fue colocada en segundo grado, acorde con sus capacidades, y estudia junto a niños de siete años. Ya aprendió a escribir su nombre y está aprendiendo a leer.
"Cuando crezca quiero tener un empleo y ganar dinero para poder cuidar de mi madre y darle comodidad y alegría", expresó la menor.
- Derecho a la tierra -
Una ley adoptada en septiembre creó "áreas étnicas protegidas" para los grupos indígenas, con un régimen regulatorio más flexible.
"Los maniq no tendrán propiedad de sus tierras pero tendrán derecho de usar la tierra acorde con sus estilos tradicionales de vida", comentó el antropólogo Apinan Thammasena.
Pero el legislador Laofang Bundidterdsakul, de la tribu hmong y quien ayudó a redactar la ley, consideró que las normas ambientales que seguirán vigentes socavarán los beneficios que pueda acarrear la nueva ley.
"Los derechos a la tierra permanecen sin cambio. Por ejemplo, asuntos de tierra siguen bajo la misma ley forestal. La construcción de carreteras, acceso a electricidad y agua todavía requieren permiso del Departamento Forestal", comentó.
Después de cazar, Tao Khai volvió a casa en una plantación de caucho.
"Esta tierra nos fue dada solo temporalmente", declaró. "Los maniq queremos un hogar donde podamos vivir para siempre".
Este reportaje es una colaboración entre AFP y HaRDstories, con apoyo del Pulitzer Center.
Y.Baker--AT