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El comercio ancestral de sal busca un futuro en el Sáhara de Níger
Alrededor de un oasis engullido por las dunas, por donde aún pasan pocas caravanas, el desierto está marcado de agujeros. Las salinas de Kalala, en el noreste de Níger, fueron antaño una parada imprescindible de las rutas comerciales.
Mucho antes que el uranio y el oro, la sal fue durante largo tiempo el principal tesoro que se extraía del subsuelo del Sáhara nigeriano. Fue un comercio floreciente que ahora trata de sobrevivir.
En un presente económico revuelto, persisten de ese pasado próspero los cientos de pozos cavados con la fuerza de los brazos y unos métodos de extracción que no han cambiado en siglos.
En un paisaje rojo y negro, el productor de sal Ibrahim Tagaji y un empleado trabajan todavía al fin de una jornada donde los termómetros alcanzaron los 45 grados en la sombra.
Con los pies desnudos sobre el agua donde flotan los preciosos cristales, los dos asociados cavan, machacan y recogen el suelo con una calabaza y luego llenan moldes de madera de dátil para preparar "panes" listos para la exportación.
Es un trabajo arduo, de remuneración fluctuante, en función de los compradores que pasan por el pueblo cercano de Bilma.
"Cuando alguien trae dinero aquí ganas mucho. Si no, es mucho trabajo y la ganancia es poca", afirma Tagaji entre palada y palada.
La economía local ofrece pocas alternativas. La mitad de la población de Bilma trabaja todavía en las salinas de manera más o menos permanente, según las autoridades locales.
"Desde que abandonas la escuela, estás obligado a trabajar aquí. Cada familia tiene sus pozos. Estás con tu mujer, tus niños, vienes aquí y trabajas", explica Omar Kosso, veterano en el oficio.
En los oasis de Kawar, una región aislada y desértica, la economía y también la vida diaria siguen de algún modo atrapadas en el tiempo.
- "El mundo ha cambiado" -
Las caravanas de camellos todavía paran en Bilma, donde la mayoría de habitantes vive en casas tradicionales con muros de sal y arcilla de las canteras cercanas.
La autoridad tradicional, el "maï", todavía atribuye las parcelas que se van a explotar y fija el precio de venta.
Kiari Abari Chegou es heredero de un largo linaje de jefes que le legaron el cargo y sus atributos: un sabre ritual, un tambor de guerra de cuero apergaminado y una bandera blanca cubierta de suras del Corán que su abuelo ya exhibía en una vieja foto en blanco y negro de los años 1920 colgada en la pared de su casa familiar.
El maï defiende las virtudes de la sal producida en su localidad. "La sal marina, hay que yodarla para evitar las carencias. Nuestra sal está yodada al 90%, con lo que podemos comerla directamente sin arriesgarnos a ponernos enfermos", asegura.
Sin embargo, para Bilma y sus salinas, "el mundo ha cambiado", asegura el jefe. "Antes venían los caravaneros (...) Ahora no tanto como antes", dice.
Los comerciantes tuaregs abandonan progresivamente el nomadismo para dedicarse a la agricultura en las estribaciones fértiles de las montañas vecinas de Air.
"Es más rentable que cansarse haciendo diez días de ruta para venir a Bilma, después diez días para volver. Es mejor comprar el pan de sal a 2.000 francos en Agadez (la capital regional a 540 km) que venir aquí a comprarlo aquí a 600 o 700 francos", explica Kiari Abari Chegou.
- Mercado negro -
El viaje a través del mar de dunas es desafiante y peligroso. La región de Kawar se encuentra en las puertas de Chad y Libia, un país sacudido por una guerra civil desde 2011.
Traficantes y criminales aprovechan la porosidad de la frontera y los transportistas deben armarse o moverse en convoyes escoltados por militares.
"Los bandidos detienen nuestros camiones, cogen nuestros teléfonos y el dinero y luego nos dejan pasar", explica Ahmed, un transportista al volante de un camión lleno de sacos de sal de Bilma.
En la localidad, estos transportistas son cada vez más raros. Buena parte de la clientela está compuesta por clientes ocasionales y poco dispuestos a negociar, comerciantes o traficantes de paso.
"Aquí es un mercado negro. No tenemos buenos clientes, a parte de algunos compradores que vienen y pagan sin importar el precio. No hay precios fijos", lamenta Omar Kosso.
Ante la precaria situación económica, los habitantes de esta región apenas pueden rechazar una oferta.
La Unión Europea financió la compra de varios camiones para sacar del aislamiento las localidades productores de sal, pero la rudeza de la pista terrestre y los conflictos entre los miembros de la cooperativa local acabaron con la flota.
Kiari Abari Chegou sueña con una cooperativa "bien organizada" que permita comprar vehículos, almacenar la producción y mantener los precios.
Pero mientras no se disipa este futuro incierto, la confianza sigue depositada en las caravanas, cada vez menos, que continúan abriéndose paso entre las dunas del Kawar.
H.Romero--AT