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"Nadie sabe dónde está su pueblo": un nuevo mar interior cubre Pakistán
Desde un terraplén levantado apresuradamente para proteger la ciudad de Mehar, los minaretes de la mezquita y la columna de precios de una gasolinera asoman en el enorme lago que ha surgido tras las inundaciones en Pakistán.
Detrás de esta línea de arena en la meridional región de Sind, cientos de aldeas y enormes extensiones agrícolas se han perdido debajo del agua que ha sumergido alrededor de un tercio del país.
"Nadie sabe dónde está su pueblo, un hombre normal ya no puedo reconocer su propio hogar", dice a AFP Ayaz Ali, cuya aldea quedó anegada casi siete metros bajo el agua.
El gobierno de la región asegura que más de 100.000 personas fueron desplazadas por este nuevo mar, creado por unas lluvias de récord y el desbordamiento del río Indo.
Unos 33 millones de personas se han visto afectados por las inundaciones, casi dos millones de casas y negocios quedaron destruidos, 7.000 kilómetros de carreteras fueron arrasados y 256 puentes colapsaron.
Conductor de autobús con una aguda memoria, Ali ejerce de guía para la Marina, identificando cada pueblo hundido por la ubicación de las torres de electricidad y las líneas de árboles.
Los voluntarios de la Marina navegan con dos balsas de rescate entregando la ayuda donada por los lugareños y transportando a personas necesitadas de atención médica a la ciudad.
Con la ayuda de Ali también buscan franjas de terreno elevado donde todavía haya familias refugiadas que se nieguen a ser evacuadas a pesar de la desesperada situación, agravada por un calor sofocante.
"Sus casas y sus pertenencias son demasiado valiosos para ellos", dice uno de los soldados, que pide no ser nombrado.
"Cuando me uní a la Marina, nunca hubiera podido imaginar que estaría haciendo esto", añade observando el enorme lago que se extiende frente a él.
Con el motor apagado, el bote navega lentamente entre las copas de los árboles y por debajo de los cables de alta tensión frente a un puñado de casas arruinadas y rodeadas de agua.
- "¿Cómo podemos marchar?" -
En esta ocasión, hay decenas de personas esperando.
Muchas todavía no quieren dejar sus casas, preocupadas por si les roban o muere su ganado, todo lo que les queda, y recelosas de que la situación sea todavía peor en los campamentos de emergencia levantados por todo el país.
"Nuestra vida y muerte está vinculada a nuestro pueblo, ¿cómo podemos marchar?", se pregunta Aseer Ali, con el agua por las rodillas, que insiste en no permitir la evacuación de su mujer, en el octavo mes de embarazo.
Algunas personas en un estado delicado (hombres con fiebre, bebés con diarrea y una mujer mayor) son ayudadas para subir al barco que va cargado con el doble de su capacidad en su trayecto de vuelta a la ciudad.
Entre los asistidos hay una joven madre que la semana pasada perdió a su recién nacido en las inundaciones y ahora se balancea mareada por los efectos del calor.
Los agentes de la Marina la mojan repetidamente con agua tanto a ella como a su bebé de dos años, también mal por el abrasador sol de mediodía.
- "Inmensa necesidad" -
Un nuevo terraplén de 10 kilómetros ha evitado hasta ahora que la inundación llegue a Mehar, donde viven cientos de miles de personas.
Pero la ciudad se ha llenado de personas desplazadas que han huido en las últimas tres semanas de los campamentos de emergencia en aparcamientos, escuelas o autopistas.
"Más familias siguen llegando al campo. Están en condiciones terribles", dice Muhammad Iqbal, de la Fundación Alkhidmat, una organización humanitaria paquistaní que es la única en asistir en el mayor campo de la ciudad, donde hay 400 personas.
"Hay una inmensa necesidad de agua potable y baños", protesta, aunque sabe que deberán esperar porque la prioridad del gobierno ahora es drenar las zonas inundadas.
La amenaza de desborde se cierne sobre presas y embalses a tope de capacidad, llevando a los ingenieros a liberar intencionalmente agua para salvar algunas zonas densamente pobladas a costa de empeorar la situación en áreas rurales.
"Han hecho todo para proteger a la ciudad, pero no a la gente pobre de las zonas rurales", dice Umaida Solangi, una mujer de 30 años sentada con sus hijos en una cama de madera en un campamento de la ciudad.
A.Taylor--AT